Había terminado la 1º guerra pero otra estaba por estallar en el norte de Italia. El nonno Luis pensó que sus hijos habían tenido suerte una vez, pero a esa suerte no hay que tentarla dos veces. Vendió la huerta; unas pocas herramientas, el juego de platos que fueron regalo de boda y hasta un abrigo los cambió por pasajes para América. En Génova subió al barco con su mujer, sus siete hijos y los instrumentos. En la 3º cubierta cada uno se aferraba al suyo custodiándolo celosamente. Durante el viaje Terzo se escapaba a la 1º cubierta con su acordeón. Allí tocaba canzonettas para otros compatriotas de mejor pasar. De ahí volvía con galleta, chocolate o fruta que repartía con sus hermanos en la 3º cubierta. A los pocos días Quinto lo siguió; llevaba una armónica que le ganó a un polaco en un juego de baraja. Settimo trataba de acompañarlos con sus palmas, siempre a destiempo. Nunca pudo aprender música, fue imposible enseñarle nada.
La joya familiar era un violín: el Stradivarius de 1718 que llevaba la firma del luthier en el interior de su caja. Lo tocaba Sesto, o Sixto como le pusieron en la aduana de Buenos Aires: Ángel Sixto Valese. Pero durante los 30 días que duró el viaje el nonno Luis lo llevó con él, colgando de las correas del estuche durante el día, abrazándolo durante la noche.
El barco se detuvo en Buenos Aires. Por recomendación de un paisano consiguieron alojamiento en una casa de Parque Chas. Por ahí vivían muchos italianos. El nonno Luis buscó cómo ganarse la vida. Unos días después el barrio se conmocionó: para el domingo 8 de diciembre anunciaron el bautismo de Cayetano, el hijo de Giovanni, dueño de la casa que ocupaban. Iba a haber fiesta.
‘La suerte una vez más nos acompaña’, se alegró el nonno Luis. Esa noche, mientras tomaban la sopa les dijo a sus hijos: “¡Esta es la ocasión!”. Frotaron los bronces, ajustaron las cuerdas, afinaron los instrumentos… En los días siguientes ensayaron las canciones que tocaban en Italia. El violín marcaba el compás.
Y volvieron a salir de romería como lo hacían allá en el Piamonte cuando iban de pueblo en pueblo. Después de esa fiesta animaron cumpleaños, casamientos, onomásticos… y, por supuesto, bautismos. Ángel tocó el violín en la orquesta del nonno Luis. Continuó haciéndolo sonar en las fiestas familiares y en los bautismos de sus hijos pero no más: murió muy joven dejando 3 niños. El violín enmudeció, nadie más volvió a tocarlo.
Pasó de una generación a la siguiente con el recuerdo siempre presente de que ese Stradivarius una vez había salvado a la familia. Medio siglo después la pobreza había regresado. Esta vez las dificultades económicas le dieron al violín un nuevo valor. ¿Cuánto podía costar esa joya familiar? El Stradivarius del 1700 firmado por su constructor. Cualquier precio sería poco, pero la necesidad o la ambición…
Propuse averiguar su precio.
Mi amigo Héctor era un fanático de la música clásica, la ópera, el vals. Encontró la manera de asistir a todas las galas del Teatro Colón sin pagar por ello el dinero que no tenía. Se presentó a un concurso para cubrir el puesto de telonero. El metro noventa que tenía y su cultura musical alcanzaron. Estuvo en el mismo escenario que Julio Bocca, Zubin Metta, Daniel Baremboim o Luciano Pavarotti descorriendo y corriendo el telón en cada función. Se me ocurrió consultarlo a él.
– Ah! En el Colón hay un luthier que se especializa en violines. Un capo el tipo. Tenés que ir a verlo. Voy a hablarle en tu nombre. Vení el martes que te lo presento.
Era una tarde de marzo, hacía calor. Mi amigo me avisó que no podía estar pero que me dejaría en el Teatro precisas instrucciones. Cuando llegué al Colón el portero sacó del bolsillo de su guardapolvo gris una servilleta de papel hecha un bollo y me la entregó. ¡Las anotaciones de Héctor eran ilegibles! Tenía que ir a los talleres, en el 3º subsuelo. Atravesé pasillos, recorrí salones, empujé puertas, bajé escaleras. Fui encontrando gente cada una con su instrumento. Me saludaban familiarmente. “La suerte me acompaña”, pensé.
No fueron necesarias las presentaciones. El luthier abrió el estuche del violín. Él iba a revelarme el secreto del sueño familiar.
– Este arco ya no sirve; mire esas cerdas…– dijo con voz firme. – Además está muy rígido; eso pasa por los años que tiene. Ud. ya sabe. (¡creía que yo era violinista!).
Se dedicó a examinar el violín. Demoró 10, 15 minutos… Lo levantó con una mano:
– El Stradivarius es el violín más liviano.
Luego miró atentamente la tapa y la parte de atrás. El corazón me latía más fuerte, seguro se trataba de algo valioso.
– ¿Ve estas marcas en la cabellera de la cabeza? Son las del fabricante. Mire dentro de la caja, y me dio el violín.
– ¡La firma de Stradivarius! – dije elevando el tono.
–¡La falsificación de una firma! – dijo con voz todavía más fuerte. – Mire hacia la izquierda. La firma del luthier, la de verdad, es esa firmita que está ahí. No podían tolerar que el instrumento que hacían no llevara su nombre o su marca. Como homenaje al maestro ponían Antonius Stradivarius.
Finalmente sentenció: – Lo felicito por haber elegido el violín como instrumento. Mire, este es un buen violín, y una buena imitación de un Stradivarius. Necesita alguna reparación. Lo puede usar, vio, cuando va a la plaza a estudiar alguna partitura. El bueno guárdelo para el concierto.
Volví a Flores en colectivo. Sentado en el último asiento, abrazando al violín, recordé las historias que me contó el nono Luis. No llegué a conocer a ‘su’ orquesta. Casi todos sus hijos habían muerto antes que yo naciera. Sólo llegué a conocer a Settimo, el tío José, el que batía las palmas en la cubierta del barco. Llegó a tocar los platillos, lo que parecía un instrumento fácil, pero llegaba al cierre de la canción siempre a destiempo. El murió antes que el nonno Luis, lo mismo que Sixto –Ángel, mi abuelo– Secondo, Primo, Quinto, Terzo y Cuarto.
Y pensé: “Alguna vez alguien volverá a tocar el violín. Mi hijo, tal vez…”.

